Lluís Homar y José Carlos Plaza

Por amor al puro teatro
18/07/2019 · Por Fruela Zubizarreta
José Carlos Plaza y Lluís Homar
El director teatral José Carlos Plaza y el actor Lluís Homar traen de nuevo a la vida (del 24 al 28 de julio) a 'Prometeo', uno de los estrenos más esperados de la 65ª edición del Festival de Mérida. © Diego Martínez

El estreno de 'Prometeo', de Esquilo, en versión del gran poeta español Luis García Montero, es uno de los principales alicientes del presente Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Conversamos con Lluís Homar (Barcelona, 1957) —protagonista de la obra e inminente director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico— y José Carlos Plaza (Madrid, 1943) —director de la puesta en escena y tres veces Premio Nacional de Teatro— tras uno de sus últimos ensayos y bajo una inclemente ola de calor.

Considerado como el más importante en su género, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida es el certamen consagrado a las grandes comedias y tragedias griegas y romanas más antiguo de cuantos se celebran en España. Sobre sus piedras han desfilado los más prestigiosos profesionales del teatro —actores, actrices, músicos, bailarines, directores, autores, iluminadores y figurinistas— a lo largo de 65 ediciones y una es la palabra que lo aglutina todo: calidad.

Este Prometeo que dirige José Carlos Plaza es un viaje sin contemplaciones al interior de un individuo atormentado por haber entregado el fuego a los hombres en contra de la voluntad de los dioses. Un hombre que se pregunta si las guerras, esclavitudes, fracasos de las religiones y crisis de las ideologías vividas a lo largo de su existencia habrán merecido la pena.

“Luis García Montero nos ha regalado el alma de Prometeo traída a nuestro tiempo, a 2019. ¿Cómo pensaría Prometeo hoy? ¿Cómo contemplaría el mundo actual? Esa es la maravilla que nos ha creado García Montero”, explica José Carlos Plaza tras echar cuentas y recordar, no sin desasosiego, que están a menos de dos semanas del estreno en el mismísimo Teatro Romano de Mérida —construido, entre los años 16 y 15 antes de Cristo, por orden del cónsul Marco Vipsanio Agripa—. “Déjame que diga, y fíjate en los años que arrastro, que este es el texto más importante que ha llegado a mis manos en toda mi carrera, una joya de magnitud incalculable”.

Lluís Homar asiente y añade: “Sobre todo por el don de la ubicuidad de esta obra en este momento concreto. Porque Prometeo decide creer en el hombre por encima de la voluntad de dios. La Humanidad hoy, en este momento concreto de la Historia, está más hundida en la arena que nunca por todas las barbaridades cometidas, sobre todo en los últimos cien años”. Plaza, señalando a la pared, remata: “Durante estos ensayos, todos los días, he venido con una foto recortada del periódico. Todo lo que cuentan cada una de estas fotos, todos esos horrores, están presentes en esta obra de teatro”.

El Prometeo de hoy mira y habla a la cara a los hombres y mujeres sin paños calientes. Pero aún hay esperanza, “porque en nosotros habita lo peor y lo mejor”, apunta Homar tras advertir que, pese a todo, ha preferido no tirar de demasiado tormento al crear su personaje. “El tormento principal en esta representación no es otro que el creer en el hombre teniendo que asumir obligatoriamente sus debilidades y crisis. La clave de todo está en cuestionarse si el ser humano merece tantas prórrogas y tantas esperanzas depositadas en él”.

Los actores, con su talento, son los grandes oficiantes de cualquier sociedad, los que trasladan a la gente el mensaje”, José Carlos Plaza

Por edad y trayectoria, siempre aclamada, cabe preguntarle a José Carlos Plaza por qué sigue en la batalla del día a día. “Porque sigo creyendo en los actores de forma poderosa. Los actores, con su talento, son los grandes oficiantes de cualquier sociedad, los que trasladan a la gente el mensaje. Que un actor sea capaz, desde su carne y desde su alma, de dar vida a una hoja de papel me sigue impresionando. Por muy maravilloso que sea un escrito no deja de ser una simple hoja de papel. Mira, se me pone la piel de gallina”. Damos fe.

Se da la circunstancia de que Homar y Plaza nunca habían trabajado juntos. “El poder seguir encontrándome personas con tantísimo talento y recorrido como el de José Carlos Plaza es lo que me mantiene en activo”, apunta el protagonista. “Veo el amor desmesurado y poco habitual por los actores de José Carlos y no puedo evitar estremecerme. Dicho esto, nos hace trabajar como a esclavos. Esto es una especie de infierno a tiempo completo”. (Risas). “Pero es un placer enorme haber caído en él. Cuando era joven me apropié de una frase que decía: ‘Tengo una gran dosis de entusiasmo en reserva’. Sigo creyendo que lo más importante en la vida es seguir teniendo entusiasmo, por lo que juntarme con gente igual de apasionado siempre es un regalo”, añade.

Tras diecisiete puestas en escena, José Carlos Plaza se conoce a la perfección todas y cada una de las milenarias piedras del Teatro de Mérida. “Cuando piso ese teatro me digo: estoy en casa. Mérida para mí significa libertad y el eco del tiempo, el pensar: aquí empezó todo. Al margen de ser un espacio estupendamente reconstruido, lo que más me gusta de allí es el público, siempre educado y respetuoso”.

La trayectoria de Lluís Homar tampoco desmerece. “Mi máximo placer como actor, y es algo que con la edad se me ha ido acrecentando, es el sentir que te transformas en un canal a través del cual se produce un milagro. El milagro no eres tú, tú solo estás al servicio del milagro. Ese es el quid: entregarte al texto y al público”. Un acto de amor con el que José Carlos Plaza se siente absolutamente identificado: “Los actores son los grandes inoculadores de emociones de nuestra sociedad. Cuando comienza la representación, me refiero al día del estreno, me pongo en un rincón y me transformo en una especie de voyeur que observa cómo otros, actores y público, hacen el amor”.