Chus Burés

Joyas con nombre propio
07/10/2019 · Por Rosa Alvares
chus bures estudio
El diseñador Chus Burés en su estudio en pleno momento creativo.

Ama cada una de sus piezas como si todas ellas fueran sus hijos. Por eso, habla con igual entusiasmo de aquellas que le convirtieron en el joyero de la movida madrileña que de las que conforman su nueva segunda marca, ChusXChus. Curioso, lleno de talento creativo y perfecto anfitrión, Chus Burés nos recibe en su estudio de Madrid antes de volver a Nueva York.

Las joyas de Chus Burés (Barcelona, 1957) tienen alma. También la mágica capacidad de crear un vínculo especial con quien las lleva. Más allá de collares, pulseras, anillos o pendientes que decoran nuestros cuerpos, se convierten en palabras, gestos y declaraciones de intenciones. Nadie permanece impasible ante ellas. Porque estas pequeñas esculturas que abrazan a quienes las lucen surgen de un talentoso diseñador que se inspira en la vida para crear piezas tremendamente bellas, rebeldes y al margen de las modas efímeras. A caballo entre Madrid y Nueva York, Burés no solo ha seducido a su fiel clientela, sino también a artistas de distintas disciplinas con quienes ha colaborado, como Pedro Almodóvar —¡imposible olvidar la máscara del fantasma de Átame o la horquilla-puñal de Matador!—, Louise Bourgeois o Miquel Barceló.

Han pasado muchos años desde que llegó a Madrid, en plena movida; sin embargo, su talento sigue intacto. Buena prueba de ello es su nueva apuesta, ChusXChus: una colección comprometida con el planeta que conserva el espíritu radical y libre de sus comienzos.

Usted siempre ha sido un creador bastante transgresor. ¿Se ha sentido así?
Nunca me he sentido convencional. En primer lugar, porque ‘joyero, joyero’ no soy: me planteo el trabajo de mi joyería desde el punto de vista de un diseñador, pero luego plasmo esas ideas a través de las manos de grandes orfebres. Me siento más un creador que usa la estética personal más allá de las tendencias, a veces más allá de la utilidad, de lo políticamente correcto. En eso siempre he actuado con plena libertad. He hecho siempre lo que me gustaba, si luego a la gente le gusta, lo compra y se lo pone, pues fantástico.

Cuando crea una pieza, ¿tiene en cuenta a quien la puede llevar?
Generalmente uno diseña para aquellas personas que le gustan. Cuando creo un anillo para un hombre, lo hago pensando en hombres que me gustan; igual ocurre si trabajo para mujeres. No me imagino creando cosas para gente que no me atrae. Con mis joyas ocurre una cosa muy curiosa: hay personas que las quieren llevar pero que, sin embargo, no encajan con ellas. Es increíble que quienes lucen mis joyas sean siempre personas que me gustan. Mis piezas son muy personales y, de algún modo, debe crearse una cierta simbiosis con quien las lleva. Solo las lucen aquellos que saben lucirlas, que las sienten dentro de su universo. ¡Son divinos!

“Mis piezas son muy personales y, de algún modo, debe crearse una cierta simbiosis con quien las lleva. Solo las lucen aquellos que saben lucirlas, que las sienten dentro de su universo”

Usted empezó estudiando diseño de interiores. ¿Cómo acabó en el diseño de joyas?
Di el salto porque siempre me atrajo mucho la indumentaria tribal africana y el simbolismo de las joyas que llevan. Descubrí que ese oficio combinaba el arte con la creatividad total y con el lenguaje corporal de las joyas: piezas que perduran en el tiempo, que pasan de padres a hijos, que no responden al dictado de la moda. Me fascina que un pequeño objeto que no cuesta nada pueda tener un valor sentimental tan potente.

Es cierto que con las joyas que llevamos se produce un vínculo sentimental. Pero, ¿qué relación tiene usted con las piezas que crea?
Tengo una relación muy íntima; de hecho, siempre han sido como hijos. Por muchos años que pasen, incluso me llegan a gustar más y sigo disfrutando viéndolas y tocándolas. Conozco a mucha gente que con mis piezas establecen una relación especial. A veces, hasta las utilizan como amuleto porque dicen que les dan suerte. Me parece emocionante todo ese halo que se crea alrededor de mis joyas. Eso sí, lo que ocurre con ellas es que facilitan la conversación: no es raro que por la calle o en una reunión a quien lleva alguna le pregunten de quién es o qué significado tiene.

Usted es parte de un periodo fascinante, lleno de creatividad y talento: aquel Madrid de la movida, allá por los años 80.
Recuerdo que llegué por el año 1983, más o menos, de la mano de Quico Ribas, un comisario de arte contemporáneo apasionado por el diseño y los creadores de todos los ámbitos, a los que facilitaba puentes de colaboración multidisciplinar. Para una persona tan joven como yo, este era el momento y la ciudad en la que vivir: todos teníamos más o menos la misma edad y muchas ganas de transmitir nuestra creatividad.

Tanto que ya no volvió a Barcelona y se quedó aquí.
Tuve la suerte de vivir unos años rodeado de grandes artistas —algunos los conservo como grandes amigos— y aquí había una energía que nunca hubiera esperado encontrar. Todo aquello me sedujo de tal forma que me fui quedando en Madrid. De algún modo, me sentí a gusto aquí, me fue bien y encontré un feedback. Porque sin esa respuesta positiva hacia lo que haces, es inútil todo; además, puedes llegar a pensar que has equivocado tu vocación. Eso generó muchísimos proyectos y muchísima energía que se contagió de Madrid a otras ciudades de España e incluso, del mundo.

De aquella época conserva un espíritu curioso e inquieto que le hace vivir en una búsqueda creativa perpetua.
No paro, no sé de dónde saco esa energía, la verdad. Como todo lo que me rodea y lo que hago me apasiona, soy alguien que siempre tiene que estar con las manos en la masa. Ahora tengo varios proyectos entre manos. Entre ellos, un proyecto sin ánimo de lucro en Hong Kong para ayudar a jóvenes diseñadores en el ámbito de la creación. Y luego, tengo otro con el Metropolitan de Nueva York, que no puedo desvelar aún.

“En estos momentos, el planeta nos pide un compromiso con él y la nueva joyería no puede quedarse al margen”

Pero su gran proyecto en joyería es su segunda marca, ChusXChus.
Sí, se trata de una firma dedicada a los hijos de esos clientes míos que me han seguido desde la movida: gente de veintitantos o 30 años, a quienes les gustan mis diseños, que todavía no tienen grandes sueldos, pero que son consumistas y tienen un ADN artístico. Ahí sí que pienso en quién lo va a llevar, y también en los costes: quiero hacer joyas asequibles, elaboradas en plata y oro por orfebres tradicionales españoles, absolutamente contemporáneas, que sean para siempre. Además, ChusXChus apuesta por el respeto al medio ambiente a través del reciclado de metales, del trabajo con fábricas que no vierten ácidos ni otros residuos contaminantes a la naturaleza o empleando diamantes que han sido creados en laboratorio. Porque, en estos momentos, el planeta nos pide un compromiso con él y la nueva joyería no puede quedarse al margen.