Belén Cuesta

¿Quién necesita premios?

18/11/2019 · Por Carmen R. Cuesta
Retrato de la actriz Belén Cuesta durante la entrevista.
La actriz Belén Cuesta, durante la entrevista en el madrileño Teatro Lara

Este está siendo su año, si bien parece que los últimos años del cine español son también suyos. Protagonista de la premiada ‘La trinchera infinita’, acaba de estrenar ‘Ventajas de viajar en tren’, junto a Luis Tosar, Pilar Castro y Ernesto Alterio. Volvemos con ella al Teatro Lara, donde una historia de apariciones divinas y canciones de Whitney Houston marcó el principio oficial de una carrera basada en el trabajo y la constancia.

Cuadrar un par de horas para charlar con ella es complicado; tiene una agenda vertiginosa estos meses, con tres estrenos desde septiembre y su paso por los festivales de San Sebastián y Sitges. Cuando llega a nuestra cita en el Teatro Lara, donde construyó a su memorable hermana Milagros, lo hace también deprisa. Camina a grandes zancadas y es, en persona, más alta de lo que parece en pantalla: casi 1,80 metros de sonrisa y manos expresivas aferradas a un bolso que no deja a un lado mientras grabamos esta entrevista.

Que Belén Cuesta (Sevilla, 1984) tiene gracia no sorprende a nadie: cuenta una anécdota y no puedes evitar reír, a lo que ayuda en cierto modo ese deje andaluz del que prescinde a voluntad. “Llevar el bolso a todas partes debe de ser genético —explica entre risas—. Mi madre, la Luisa, se levanta ya con el bolso echado al hombro”. Lo que realmente llama la atención es la cercanía sin artificios de una mujer que en los últimos años está en todas partes.

Hablamos mientras se maquilla de sus aficiones y de su ascendencia (“criada en Málaga, pero de Salamanca por parte paterna”), y también de presencias femeninas que inspiran a la actriz. “Las mujeres de mi familia, básicamente: mi madre y mis tías, seis eran por un lado, ocho son por otro; mis primas… Son todas muy diferentes, dentro de que hay algo que nos une. Me siento muy afortunada de haberme criado en un mujerío así”, cuenta.

Hasta ese pequeño milagro que fue La Llamada, en el que interpretaba a una monja algo ingenua en plena crisis de identidad, la carrera de Belén Cuesta había transcurrido entre proyectos de microteatro, alguna aparición fugaz en series de televisión y películas, y trabajos de camarera, reponedora o cualquier otra cosa que le permitiera subsistir. Coincidiendo con la gira por España (¡y Rusia!) del musical de Los Javis, comenzó también a colaborar en el programa de Andreu Buenafuente. “Fue una época maravillosa, porque aprendí muchísimo con Andreu y con Berto (Romero), y lo que era un directo; estaba en un agua que no era la mía”.

 “Cuando empecé a hacer cine o televisión me costó entender el lenguaje, y me daba como un pudor horroroso; había algo que me parecía muy invasivo en trabajar con un equipo enorme alrededor. Pero afortunadamente creo que luego he aprendido también a disfrutar mucho, intentando crear esta oscuridad que pasa en el escenario, donde no ves al público”, asegura. “Creo que cuando hay una cámara delante hay que hacer un poco lo mismo, como condensar todo este público que hay en el teatro en la cámara, buscar algún truco”.

“El proceso es lo que más me gusta de esta profesión: inventarte toda una historia de alguien. Decidir cómo se mueve en su casa, cómo se levanta… Eso es lo bonito”

Desde ese momento la presencia de Belén Cuesta en las pantallas, y sobre las tablas, ha sido constante con secundarios para el recuerdo y, últimamente, protagonistas con un notable cambio de registro. Gran parte de sus papeles pueden haber sido cómicos (“Soy un meme prácticamente ya”, dice entre risas, en alusión a su Magüi en Paquita Salas), pero en la distancia corta se adivina una profesional meticulosa y perfeccionista. “El proceso —explica— es lo que más me gusta de esta profesión: inventarte toda una historia de alguien. Decidir cómo se mueve en su casa, cómo se levanta…; eso es lo bonito”.

Ese proceso de creación ha sido especialmente intenso en La trinchera infinita, una historia compleja que transcurre a lo largo de más de treinta años, desde la Guerra Civil hasta el 69; un drama sobre el miedo y el amor en el que Belén da vida a Rosa, la mujer del topo Antonio de la Torre. “Había que construir muy bien ya no solo quién es ella, una mujer de aquella época, y entenderla en el contexto, sino ir sumando además todos esos años para que el pasado de ella estuviera siempre presente en la historia”, aclara la actriz.

“Es la propia industria la que te dice ‘este actor hace esto, este actor hace lo otro’. Y al final somos todos actores y nuestro trabajo es jugar en diferentes campos”

¿Es Rosa un hito en su trayectoria, en un año en el que ha pasado además por el Festival de Teatro Clásico de Mérida con las Metamorfosis de Ovidio? “No sé si hito es la palabra”, replica. “Sí una fortuna, una suerte, que haya habido unos directores que han confiado en mí para hacer un personaje así; que te dejen contar una historia para mí tan importante y tan justa de ser contada. Esto pasa mucho, que hay actores de comedia o de drama, y es la propia industria la que te dice «este actor hace esto, este actor hace lo otro». Y al final somos todos actores y lo que queremos, nuestro trabajo, es jugar en diferentes campos”.

El 2020 no tiene visos de ser más tranquilo para la actriz que estos últimos tiempos. Ya se sabe que protagonizará lo nuevo de Cesc Gay, junto a Javier Cámara y Alberto San Juan, y también en lo próximo de Dani de la Orden, pero no suelta prenda sobre si estará o no en la próxima temporada La Casa de Papel. ¿Qué queda de la Belén Cuesta que llegó a Madrid a buscar trabajo de actriz? “Un poco el miedo creo que sigue estando: miedo a no trabajar, parte de eso sí que sigue. Y la ilusión y las ganas también. O sea que buena parte de mí sigue siendo igual”.