C. Tangana

El trap entra en la universidad
25/07/2019 · Por Enrique Bueres
C. Tangana
C. Tangana, el artista previamente conocido como ‘Crema’, perpetró su primer disco con solo 15 años, pero no fue hasta mediados de 2016, al comienzo de su relación sentimental con Rosalía, cuando se convirtió en fenómeno maistream. © Javier Ruiz

El joven filósofo Ernesto Castro actúa como un disolvente entre la alta y la baja cultura al diseccionar en el exhaustivo ensayo 'Más allá del trap' la música que han popularizado artistas como C. Tangana, Yung Beef, Bad Gyal, Pimp Flaco, Kinder Malo o Cecilio G.

Ernesto Castro (Madrid, 1990), profesor de la Universidad Complutense de Madrid, firma la primera interpretación sistemática del pensamiento de los nuevos artistas urbanos en un libro didáctico y polémico, intelectualmente excitante y absolutamente moderno que la editorial Errata Naturae publicará en septiembre. La tesis principal que el provocador y heterodoxo autor sostiene es que "el trap representa la metamúsica millennial de la crisis, la música que la juventud en paro hace mientras otros están trabajando”.

La fascinación que han experimentado los intelectuales por la música más cercana a las clases populares —surgidas muchas de ellas en un contexto underground— ha sido una constante a lo largo del tiempo. Varios miembros de la Generación del 27 se interesaron por el flamenco (como bien ha estudiado Manuel Bernal Romero en su reciente libro publicado por la editorial Renacimiento). Previamente, otros creadores de la Generación del 98, como Manuel y Antonio Machado, también habían lanzado su mirada poética sobre la música y las gentes del flamenco. En los años 80, cineastas intelectuales como Carlos Saura se sintieron atraídos por los grupos del Sonido Caño Roto (Los Chichos, Los Chunguitos, Los Chorbos, Las Grecas, El Jero…), que monopolizaron la banda sonora del “cine quinqui”, un género que vivió su época de esplendor entre 1978 y 1985.

Uno de los últimos ejemplos de esta corriente histórica que lleva a nuestros intelectuales a someter a un proceso de estetización un género musical nacido como expresión de las inquietudes de grupos de población minoritarios —cuando no marginales— es el de Ernesto Castro. Este doctor en Filosofía y profesor de la Universidad Complutense de Madrid ha puesto bajo el microscopio de su sabiduría analítica un cultivo bacteriano de beats y voces tamizadas por el Auto-Tune para descifrar el genoma de un género musical aparentemente tan antifilosófico como es el trap. Castro, madrileño de 28 años, ha escrito su personal Tra’p’tatus Logico-Philosophicus y, cual moderno Wittgenstein, ha elevado a categoría estética —e incluso mística— los sonidos que han sido la banda sonora de la crisis económica, cultural y generacional española.

"El trap representa la metamúsica millennial de la crisis, la música que la juventud en paro hace mientras otros están trabajando”

Los límites del trap son tan difusos como las líneas rojas de los pactos políticos. La plasticidad y la mutabilidad de la escena urbana española no conoce fronteras, y en su mundo las etiquetas resultan bastante resbaladizas. Según la terminología que defiende Castro, el trap ha sido la metamúsica de la crisis de los años que vinieron a partir de 2010. En nuestro país, “un montón de estilos y géneros de la música urbana han quedado cobijados bajo la etiqueta del trap”.

Mientras en Estados Unidos el trap es reconocido como un subgénero del rap, en España se considera un género aparte. Generalmente, desde los medios de comunicación se ha utilizado el término trap para referirse a cualquier “artista urbano joven que haya hecho alguna canción con Auto-Tune”. Fue la impagable y discreta Cher, con su tema Believe (1998), la pionera en el uso de este afinador de voz que, usado de cierto modo, hace que los cantantes suenen como si fuesen robots. De hecho, con el empleo de este sencillo programa de ordenador hasta un afónico puede llegar a las notas más altas de Rihanna o Beyoncé.

El trap ha sido usado incorrectamente cuando bajo su paraguas se ha incluido a artistas de géneros musicales tan distintos como el dancehall (Bad Gyal), el reguetón (Ms. Nina) o incluso el flamenco (Rosalía). ¿Pero quién le pone puertas al campo? El principal mesías del nihilismo trapero probablemente sería Yung Beef, artista apocalíptico (en terminología de Umberto Eco) que ha sido modelo de Calvin Klein y ha desfilado en la semana de la moda de París. Por su parte, C. Tangana sería el máximo representante de los integrados, a pesar de haberse marchado de Operación Triunfo sin despedirse de los concursantes ni del bueno de Roberto Leal, o precisamente gracias a ello. “Lo cool sigue vendiendo y la subversión sociocultural sigue siendo un espectáculo económicamente muy rentable”, apunta Castro.

C. Tangana, el artista previamente conocido como “Crema”, y desde 2018 como El Madrileño, perpetró su primer disco con sólo 15 años. Formó parte del colectivo AGZ (abreviatura de Agorazein). Su “transustanciación” nominal se produjo en 2011, con el álbum Agorazein presenta a C. Tangana. Pero no fue hasta mediados de 2016, al comienzo de su relación sentimental con la entonces emergente cantaora de flamencamp Rosalía, cuando C. Tangana se convirtió en fenómeno mainstream, proceso que llegó a uno de sus puntos de máxima exposición a mediados de 2017 al publicar su hit entre hits, Mala mujer, un temazo que consiguió el doble Disco de Platino y obtuvo el título de canción del verano.

¿Y las mujeres qué pintan en el trap? Si seguimos la acepción que defiende nuestro filósofo de cabecera, las artistas urbanas españolas no se cuentan por pares, sino por docenas: Bad Gyal, La Zowi (por cierto, madre del hijo que Yung Beef tuvo en 2016), Ms Nina, Somadamantina, Chanel, Bea Pelea, La Favi, Blondie, Rakky Ripper, Nathy Peluso, Aleeesha, D’Valentina, Albany…

Entonces, ¿cuál es para Castro el balance final del viaje del trap español? “Por decirlo en una frase: del mismo modo que Podemos quiso ser el nuevo PSOE y se quedó en la nueva Izquierda Unida, el trap español aspiró a ser el nuevo pop y se convirtió en el nuevo indie”. Quizá para ese viaje no hacían falta alforjas. Pero ya se sabe: a burro viejo, aparejo nuevo.